El 4 de diciembre del año 2012 se apagó la vida de uno de los arqueros más emblemáticos de la historia del fútbol colombiano: el vallecaucano Miguel Ángel Calero. En el octavo aniversario de su muerte queremos rendirle un sentido homenaje.

Su viacrucis de salud empezó en el 2011 con una trombosis venosa en el brazo izquierdo que lo hizo abandonar los campos de fútbol el 29 de septiembre de ese mismo año. En noviembre del 2012, cuando el desafortunado suceso parecía superado, una embolia en el hemisferio derecho lo llevó a pasar varios días internado en un hospital en México para luego ser diagnosticado con muerte cerebral y, finalmente, fallecer tras perder sus signos vitales debido a un paro cardiorespiratorio. El Show, como era conocido en el ambiente futbolero, nos abandonó para siempre.

En su momento, el traspaso de Miguel al club Atlético Nacional proveniente del Deportivo Cali, se convirtió en el monto más alto pagado entre clubes colombianos por los servicios de un jugador (1.000.000 de dólares). Lo curioso es que su llegada al club verde de la capital antioqueña, en principio, no fue muy bien recibida por la fanaticada en general.

Su llegada a Atlético Nacional

“Nosotros lo odiábamos porque quemaba mucho tiempo con el Cali, con sus payasadas y haciéndose el lesionado. Era enemigo deportivo de la hinchada, en El Escándalo Verde (principal barra asociada del equipo por ese entonces) buscábamos hostigarlo cuando visitaba el Atanasio Girardot. Nos tocó acomodarnos a la nueva idiosincrasia de Calero como un jugador que ahora vestía nuestros colores”, cuenta Felipe Muñoz, líder activo de Los Del Sur.

Pero poco a poco, gracias a sus grandes condiciones como guardameta y principalmente a un carisma único, empezó a ganarse el cariño de toda la parcialidad nacionalista y se terminó convirtiendo en el primer gran ídolo de Los Del Sur, distintivo que hoy se recuerda con devoción.

“En 1999, como barra, nos hicimos muy amigos suyos. Recuerdo que fuimos muy tímidos a un entrenamiento y él nos recibió muy bien, la relación fue más allá con un gesto de lealtad muy importante que nunca olvidaré. Antes de iniciar un partido fui por él al camerino, lo llevé a la tribuna Sur y logré que se pusiera la primera camiseta distintiva de Los Del Sur, ¡la gente se quería morir de la emoción! Cuando afianzamos una buena amistad nos decía: ‘si yo soy el ídolo de ustedes, ustedes son mis ídolos’”, comenta Muñoz.

 

Ver esta publicación en Instagram

 

Una publicación compartida de @pipe3dc

Para los hinchas Verdolagas es imposible olvidar sus atajadas, su liderazgo, los constantes duelos con Iván René Valenciano, delantero que por ese entonces jugaba en el Deportivo Independiente Medellín, la forma cómo volaba de palo a palo, sus arengas a la tribuna y la heroica expulsión que evitó un gol decisivo en la final de 1999 frente al América, después de haber sido pieza clave del andamiaje del equipo durante todo el torneo.

Conociendo a Miguel Ángel Calero por fuera de las canchas

Pero más allá de todo lo que le entregó al deporte en general, no solo a Atlético Nacional, hay una anécdota personal que me ha dejado la vida con él. Soy egresado del Colegio Corazonista de la ciudad de Medellín y tuve la oportunidad de compartir simultáneamente en dicha institución educativa con uno de los hijos de Miguel. Su padre, por ese entonces, ya se había convertido en referente futbolístico y en una personalidad pública muy admirada por quienes amamos este deporte desde pequeños.

Jamás olvidaré que, a diario, Calero llevaba a su hijo al colegio y en vez de dejarlo en la puerta como cualquier padre, aquel gigante del pórtico recorría cientos de metros hasta el salón de clases para saludar a todos y cada uno de los niños que lo idolatrábamos, darnos un autógrafo, un abrazo y hasta cargarnos ¡Siempre con una gran sonrisa dibujada en su rostro!

Sucedió varias veces, pero no cansaba, siempre lo esperábamos para repetir una experiencia que nos llenaba el alma. Este gesto, que no se borrará de mi memoria, me enseñó la diferencia entre un jugador de fútbol cualquiera y un ser humano a carta cabal, por dentro y fuera de las canchas, un crack entregado a sus hinchas, a retribuirles el cariño.

Como si fuera poco, por gestión directa del que considero a mi edad el golero más sensacional que he visto en el fútbol colombiano, se organizó un partido de exhibición en el coliseo del colegio con la nómina completa del equipo, lo que se transformó en un momento de éxtasis y alegría para quienes pudimos presenciarlo.

Con el paso de los años, empecé a darle más valor a lo vivido en esa época y a entender la grandeza de Miguel Calero, de lo que significa ser un verdadero profesional, comprendí que la idolatría por un deportista no debe estar ligada solo a su talento o a lo que haga dentro de una cancha.

Era un privilegio y deleite verlo atajar, no solo por sus condiciones sino por lo que transmitía, un jugador por el que se paga una entrada al estadio, era mucho más que un simple arquero con condiciones, era El Ángel del arco que idolatraba a sus hinchas.