Para todo colombiano, la figura de James Rodríguez representa muchas cosas: orgullo, idolatría, agradecimiento e incondicionalidad. James, nuestro más querido tótem, es el futbolista más relevante de la selección Colombia en su historia y él, con ese dorsal 10 de la tricolor que le queda pintado, jamás nos defrauda.

 

Dicen que de ‘putear’ a Zidane, que es una de las leyendas más grandes en la historia de este deporte, no se vuelve, pero es que Zizou no se metió con cualquiera, se nos metió con el máximo ídolo de uno de los países más violentos y viscerales del mundo (incluso desde el discurso), y, pues, aunque el ‘calvo hp’ como le dicen algunos de cariño, tuviera razón en muchos aspectos, para los que amamos este deporte, ver jugar fútbol a James Rodríguez significan 90 minutos de disfrute, concentración y hacerle todo la fuerza del mundo para que la rompa siempre.

 

Por eso, desde que nuestro futbolista más virtuoso ha vuelto a ser feliz, a tener continuidad, a alegrarle la vida con su presencia en la cancha a Carlo Anccelotti y a sus compañeros del Everton, los colombianos hemos recuperado también algo de  felicidad en estos tiempos de zozobra.

 

Hoy, más que nunca, nos urge una actuación estelar de una selección Colombia que ha sido el placebo perfecto para olvidarnos del resto del mundo por 90 minutos y por el tiempo que dura la fiesta que viene después de un triunfo. Hoy, más que nunca o igual que siempre, queremos ver a James David Rodríguez partiendo desde la derecha hacia adentro como le gusta a Queiroz, con un mejor perfil para filtrar y rematar, generando muchas opciones de gol y poniendo a casi 50 millones de personas a desgarrarnos la voz en uno o muchos gritos de gol.

 

 

Santiago Dávila Arango

@sandavila88