Nacional campeón Libertadores 2016Foto: Cortesía

Hay noches que no terminan cuando el árbitro pita el final. No caben en un calendario, no se desgastan con el paso del tiempo y permanecen intactas en la memoria de quienes las vivieron. Para los hinchas de Atlético Nacional, el 27 de julio de 2016 es una de ellas. Han pasado diez años desde que el equipo verdolaga derrotó 1-0 a Independiente del Valle en el Atanasio Girardot y levantó su segunda Copa Libertadores. Sin embargo, basta cerrar los ojos para regresar a ese instante en el que Medellín sintió que el mundo se detenía.

Aquel miércoles la ciudad amaneció distinta. No era un partido cualquiera. Eran 27 años de espera desde la gesta de 1989. Eran generaciones enteras que habían crecido escuchando las historias de Higuita, Andrés Escobar, Leonel Álvarez y Albeiro Usuriaga, pero que nunca habían podido abrazar una Libertadores propia.

Las calles vestían de verde desde temprano. En las oficinas nadie trabajaba realmente. En las universidades las conversaciones no hablaban de exámenes. Los buses llevaban banderas en sus ventanas y cada esquina tenía un vendedor ofreciendo camisetas, cornetas y bufandas. Medellín respiraba fútbol.

Cuando llegó la noche y las luces del Atanasio Girardot comenzaron a iluminar el cielo, se sintió que algo grande estaba por suceder. Más de cuarenta y cinco mil personas cantaban como si quisieran empujar la pelota hacia el arco ecuatoriano. No era un estadio. Era un solo corazón latiendo al mismo tiempo.

El partido fue una batalla. Independiente del Valle no había llegado por casualidad a la final. Venía de eliminar a River Plate y Boca Juniors. Nacional dominaba, insistía, generaba ocasiones. Cada minuto pesaba más que el anterior. Cada ataque aumentaba la ansiedad.

Hasta que llegó el minuto 8.

Macnelly centra y el balón pega en el palo. Allí apareció él. Miguel Ángel Borja. El delantero cazó el rebote y remató con potencia para Librado Azcona. La red se movió y, durante unos segundos, el tiempo dejó de existir.

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Nunca un gol había sonado tan fuerte.

Desconocidos se abrazaban como hermanos. Gente lloraba sin vergüenza. Algunos caían de rodillas mirando al cielo. Otros simplemente gritaban hasta quedarse sin voz. En las tribunas nadie pensó en el mañana. Solo existía ese instante.

El segundo tiempo fue eterno.

Cada despeje de Alexis Henríquez era celebrado como un gol. Franco Armani transmitía una tranquilidad imposible de explicar. Daniel Bocanegra, Farid Díaz, Macnelly Torres, Alejandro Guerra, … todos entendían que estaban jugando mucho más que un partido. Estaban escribiendo una página inmortal.

Y entonces llegó el pitazo final.

Recuerdo mirar alrededor y ver lágrimas en los rostros de hombres que jamás había visto llorar. Padres abrazando a sus hijos. Abuelos recordando 1989. Jóvenes celebrando la primera Libertadores de sus vidas.

Esa noche no hubo hora para dormir.

Las caravanas recorrieron Medellín hasta el amanecer. Las motos hicieron sonar sus bocinas durante horas. Las banderas ondeaban en cada balcón. Parecía que toda la ciudad había decidido celebrar junta. Era imposible no pensar en la dimensión de lo que acabábamos de presenciar.

Con el paso de los años llegaron nuevos títulos, nuevas alegrías y también momentos difíciles. Muchos de aquellos héroes siguieron su camino. Franco Armani se convirtió en campeón del mundo con Argentina y ahora está de regreso. Borja construyó una carrera internacional. Reinaldo Rueda dejó una huella imborrable. Pero aquella noche permanece intacta.

Porque las finales no solo las ganan los futbolistas. También las juegan los hinchas. Las juegan quienes hicieron filas interminables para conseguir una boleta. Quienes escucharon el partido por radio porque no pudieron entrar. Quienes abrazaron una camiseta heredada de sus padres. Quienes rezaron antes del pitazo inicial.

Diez años después, el recuerdo sigue provocando el mismo nudo en la garganta.

Porque hay títulos… y hay títulos que cambian la historia de un club.

La Libertadores de 2016 fue mucho más que una estrella internacional. Fue la confirmación de que Atlético Nacional podía volver a conquistar América jugando bien, con una identidad definida y con un equipo que representó como pocos la esencia del fútbol colombiano.

Diez años han pasado desde aquella noche inolvidable. Y aunque el tiempo siga avanzando, para el hincha verdolaga siempre habrá un lugar donde el reloj se detuvo: el instante exacto en el que Borja remató y convirtió al Atanasio Girardot en el techo del continente.

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