Opinión por: Eduardo Ustáriz

Uno de los buenos amigos que me ha dado el fútbol tiene una teoría entre cruel y curiosa sobre para qué sirven los entrenadores que me tomaré la libertad de convertir en aforismo. Dice mi amigo, que a los entrenadores se los inventaron para tener a quién echarle la culpa cuando las cosas van mal y que esa, sobre todo, es su función.Como razón de ser no es una baladí. El fútbol como deporte es una máquina de angustia: el tamaño del campo, la duración del partido, el que se juegue con los pies y que sea un deporte de marcadores bajos, entre otras cosas, crean un cóctel perfecto para la zozobra. No por nada el famoso River Plate de la década de 1940, además de ser conocido como ‘La Máquina’, recibió el apodo de ‘Los caballeros de la angustia’, pues a pesar de su virtuoso juego, solían rematar los partidos sobre el final y ganar por la mínima, para congoja de los aficionados.Tener un chivo expiatorio de cajón garantiza que la gente del fútbol tenga en quien desembocar su frustración. Los entrenadores aceptaron ese rol de saco de boxeo. La dinámica se repite una y otra vez en todos los lugares. Y así la rueda del fútbol sigue y sigue girando.

Sucedió en Colombia que en 2013 la selección mayor tenía dieciséis años sin clasificarse a una Copa Mundial después de haber asistido a tres consecutivas y que, a falta de migajas de partidos por jugarse, debía ocurrir una catástrofe para que el equipo no comprase su boleto a la copa del siguiente año.Tamaña gesta tenía un padre para la opinión pública: José Pékerman. El entrenador de la selección se había ganado el cariño del país por sus logros, pero también por su pinta y voz de cándido abuelo que canta canciones de cuna, regala dulces y pasa revista por las noches para corroborar que la manta nos arrope de pies a cabeza.Por eso, cuando la angustia se posó sobre la ventana, Colombia se encontró con un contratiempo a resolver: ¿Cómo se le iba a echar la culpa a Pekerman, a ese viejito lindo de canas llenas de bondad? Desacralizado el orden de las cosas, había que buscar un sustituto para desfogar las penas. Y lo encontraron en Stefan Medina.

¿Por qué él? En realidad no tiene mucho misterio. Contra Uruguay había hecho un partido más bueno que malo. Contra Chile, no fue peor que cualquier otro de los once que recibieron tres goles en casa el día que se suponía que todo debía ser una celebración.Pero era el nuevo, el desconocido, el que no había hecho parte del camino hasta allí. Además, era un jugador de Nacional, lo que revivía las viejas heridas de la era Maturana – Gómez en la que amparados bajo la excusa de que conocían de antemano el sistema, los suplentes de Atlético Nacional tenían prioridad en la convocatorias de la selección por encima de titulares de otros equipos, pecado original y eterno.Fue ungido culpable y el ventilador de odio encendido para reverenciar ese fetiche. Internet y la mass media hicieron el resto. Stefan Medina, tema de orden nacional. Y el tipo que llegaba a su casa a las nueve de la noche después de catorce horas fuera yendo y viniendo del trabajo con ganas de que la selección, como un vaso de whisky, le ayudase a apaciguar, se encontraba con un marcador adverso ya tenía en quien verter madrazos.

Así, durante años, usar a Medina como comodín de burla e inquina fue fácil. Se llegó al punto en el que se inventaron un jugador fantasma que existía en paralelo al Medina de carne y hueso. Dependiendo a quién se le preguntase, cuando Medina jugaba el problema radicaba en que era muy malo atacando o muy malo defendiendo. Eso en el mejor de los casos.En el peor, se trataba de un negocio kafkiano de nunca acabar que necesitaba que el jugador hiciese parte del elenco nacional para poder ser vendido al exterior y que el representante de Pekerman, Pascual Lezcano, y directivos sin nombre de la Federación Colombia de Fútbol se llevasen una comisión por la venta. Todo tomaba tintes de telenovela, circuló el rumor de que Lezcano era además el yerno del argentino, dibujando al técnico de la selección como una víctima que se veía forzado a convocar a Medina para preservar el buen ambiente en las cenas navideñas.Aquello que no tenía pies ni cabeza, pues los agentes de Medina eran otros y no Lezcano, alimentó la imaginación de aquellos ávidos de blancos sobre los que descargar sus dardos de rabias y mofas, dándoles no solo un nombre sino toda una historia detrás.

En lugar de amilanarse, Medina usó todo aquello como impulso. Cerró todo: ojos, oídos y redes sociales. También la boca. No alzó la voz ante las injurias. Asumió todo con estoicismo de novelas de caballerías. Y siguió trabajando con la ilusión del que no ha debutado, siempre a la espera de la oportunidad de cambiar insultos por halagos.Y poco a poco lo ha hecho. Las quejas, los memes y los ataques han continuado, propios de ese género periodístico que permea en el aficionado de calle y que consiste en hacer comentarios de fútbol sin ver partidos. Que no es lateral, aunque lleve siete años jugando más que nada en esa posición. Que no ataca, cuando desde juvenil destacó por su técnica y vocación ofensiva. Que no sabe defender, cuando ha enfrentado a Messi, Neymar, Mané o Sánchez sin mayores problemas.Callado, decidido a hablar solo donde más importa, que es la cancha, Medina ya ha ido convirtiendo adversos en creyentes y desde micrófonos y redacciones que antes se nutrieron de la historieta ya contada ahora se evocan loas a su presente. Y cada partido se suman más. Los conquistará a todos, cual caballero contra la angustia.

Eduardo Ustáriz – @10kundera